#ElAguaQueCae

Publicado en

Macarena 259

La bendición se convierte en lluvia caída sobre los tejados del barrio viejo y amurallado, en un otoño que se resiste pero al final llega acariciando la espadaña, esa que cada mañana me despierta a las 8:30 y va anunciando como preludio que la Esperanza nunca cesa, siempre aguarda en su joyel de mármol y plata.

Podría haberse llamado con otro nombre pero el Rosario de Santo Domingo también es macareno y del atrio para dentro, no olvidarse. Porque el niño sigue en un sueño eterno de madrugá de viernes santo, maniatado y coronado de espinas en el regazo de su Madre.

Insistimos ante la evocación de la madrugá, ahora es otoño y de agua pero la gente macarena es incapaz de dejar pasar este día de gozo, de visitas, de reencuentros, de café. Tarde de costal y banda cuando el Rosario se acerca a su hora y un cortejo serio pero alegre alumbra con cera las chicotas del Niño Dios sobre paso de oro y ráfagas como atributo de una Reina Celeste y Princesa que la llevan entre balcones de las calles estrechas y míticas del barrio.

Ella sí derrama las gracias, como un Vía-Lucis en primavera, es de las primeras devociones letíficas que salen a la calle cuando ha sido proclamado desde Roma el Año de la Fe para renovar la devoción a la Madre de Dios.

Rosario de cuentas de esmeraldas y mariquillas toreras, aquí no hay distinción de verde o 'morao' porque Ella es la Madre que cobija la alegría, el desasosiego, la embiaguez, el desamparo, la recuperación del 'Carre' y es la que nos prepara el camino al encuentro desde su alumbramiento al Señor de la Sentencia tras el firme paso por las calles de Sevilla, hasta que llegue el momento de un 'cara a cara' real, como dice un amigo periodista; entonces será la entrevista perfecta.

@EstebanRdM

 

 

 

 

 

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:

Comentar este post